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La pieza nueva

¾ Peque, ¿ya te dormiste?

   ¾ Me estoy durmiendo, ¿qué pasa?

   ¾No prendas la luz, la mami nos va a retar, es tarde. Y hablemos en voz baja, después nos escucha y nos grita. No quiero escucharla gritar, me pudre. Las otras mañanas le gritaba a un perro que le rompió las plantas. Muy fuerte. La Juana salió de la despensa a ver. Yo escuché por la ventana, eran las siete. A esa hora empezaron los gritos, imaginate a la noche, no se aguantaba ni sola. El sábado se puso afónica… ¿no viste que cuando volviste no se le entendía nada?
   ¾ Es tarde, mañana tengo que ir a gimnasia, dormite.
   ¾Hoy dormí un montón en el colegio. Me mandaron a la dirección y seguro la van a llamar a la mami para preguntarle por qué duermo en el aula.
   ¾ Ya fue a hablar.
   ¾ ¿Y qué le dijeron?
   ¾ No sé, dormite.
   ¾ No, decime.
   ¾ ...

   ¾ ¡Mañana me puedo llevar a la pieza nueva el poster de Bon Jovi?
   ¾Hacé lo que quieras.
   ¾ Juguemos a “adivine el personaje”
   ¾ No, Pepo, basta.
   ¾ No, dale, uno solo y nos dormimos. ¡Listo! ... ya lo pensé.
   ¾ ¿Es mujer?
   ¾ No
   ¾ Es hombre...
   ¾ ... y sí, boluda.
   ¾ Bueno, ¿es de la televisión?
   ¾ Si.
   ¾ ¿Tiene un programa de música?
   ¾ No.
   ¾ No sé, no tengo más ganas de jugar.
   ¾ No, dale.
   ¾ No, dormite.
   ¾ Era Héctor Larrea, si preguntabas si tenía un programa de juegos lo adivinabas.
   ¾ Dormite, dale.
   ¾ ¿Sabías que el Lorenzo me quiere matar, dijo que en el segundo recreo me va a partir en dos?
   ¾ ¿Quién es el Lorenzo?
   ¾ Uno de tu edad, repitió un montón de veces y ahora va conmigo, era de otro colegio.
   ¾ No sé, dormite. Yo ya me di vuelta.
   ¾ Va a hacer frío en esa pieza, le voy a decir a la mami que compre frazadas. La cama no va a entrar donde la quiere poner. Aparte tengo que dormir después de cena que ahí me agarra sueño, porque a esta hora no me duermo más. Los otros días a la siesta estuve las cuatro horas jugando con el reloj, inventé un montón de formas mirándolo a la luz. Y pensaba… la seño Marisa los otros días lloraba en la cocina, nadie sabe por qué. Bueno, las maestras deben saber, capaz que se le murió el perro, yo que sé… es linda la seño Marisa, no como las otras viejas olor a pedo.
   ¾ ...
   ¾ ¿Peque? ¿Estás despierta? No es que me de miedo la pieza nueva, pero es como si fuera más grande. Para mi por esa ventana se puede meter alguien.
   ¾ Dormite, Pepo. ¡Cómo va a entrar alguien por la ventana!
   ¾ ¡Qué no! Una noche en la casa de la abuela se asomó un hombre de pelo blanco, lo vi clarito. La abuela no me creyó, pero te juro que era un hombre de pelo blanco. Una noche entró alguien a la pieza del Nico y se mandó en la de la madre. Al otro día la madre le dijo que era imposible. El Nico lo vio clarito. El tipo tenía barba y fumaba, ni lo saludó, pasó por su pieza y se mandó en la otra. Según el Nico se prendió la luz en la pieza de la madre. Al otro día la madre le dijo que si fuese un hombre de verdad entraría por la puerta.
   ­­­¾ ...
   ¾ ¿Ya estás dormida? ¿para vos el papi trabaja en la remisería hasta las cinco? Peque…
   ¾ ...
   ¾ El padre del Agus le dice a la madre que trabaja en la fundición pero se va a jugar a las cartas a la casa del Lucas. El Lucas nos contó que se levantó a la noche y el living estaba lleno de humo y timbeaban.
   ¾ ...
   ¾ A  mí no me da miedo la pieza nueva, tengo escritorio y la luz es blanca, no como la de acá, amarilla de velorio.
   ¾ ...
   ¾ No voy ahora porque la cama no está bien tendida. Y además pienso en el papi. ¿Trabajará hasta la cinco? Si se va a jugar a las cartas y no quiere que la mami lo rete cuando vuelva yo le puedo dejar la ventana abierta. ¿No le viste cara de malo hoy? Tenía cara de haberse peleado con la mami.
  ¾ No, no lo vi. ¡Y no me despertés más, ya me estaba durmiendo!
   ¾ Soreta; vos porque sos una pelotuda que no piensa en nada, repetís las tablas como loro todo el día.
   ¾ ...
   ¾ Además tus compañeras son todas caretas.
   ¾ ...
   ¾ El Mauri  me explicó qué es ser careta. Leyó un libro del sistema mundial. Que es una maquina grandísima y no la vemos. Cuando empezamos a leer y ser más inteligentes la vemos si miramos bien para arriba, pero no podemos hacer nada para destruirla porque es muy grande y nos damos cuenta que somos títeres. Yo no quiero ser como vos y tus amigas, por eso me traje estos libros y los voy a leer. Y voy a ver la máquina y por ahí cuando tenga ochenta años, si sigo leyendo, la destruyo.
   ¾ ...
   ¾ ¿Ahora si estás dormida?
   ¾ ...
   ¾ Bueno, andá a cagar. Menos mal que mañana me voy a la pieza nueva. Ahora soy grande y voy a dormir solo, no como vos que seguro se llega a asomar alguien por la ventana te rebañás en bosta y vas a ir corriendo a mi pieza cagada de miedo a abrazarme. Careta, eso el lo que sos. Voy a leer. Por ahí leo tanto que ya se hace la hora en la que viene el papi.
   ¾ ...
   ¾ ¿Te conté el día que el pato peló el pito en el aula y la monja lo vio? ¿Peque? Che, escucha, escuchá Peque... el Pato la peló y...

¡Sacalo!

La pesada noche de verano nos dejaba sin aire. Bamboleantes, sumergidos en una realidad derretida. Veníamos de espiar por el tapial a la Crivelli. Los jueves bailaba con el novio en el patio, ponían la música al mango. Hubiésemos visto lo mejor a las cuatro de la mañana, pero volvimos al barrio a las dos, la triste hora en que los padres juntan las reposeras, entran el televisor bostezando y se preparan para dormir.
Las chicas jugaban al saltapié en la calle, y nos prendimos. Se levantó viento. La pelota mostró vuelos propios. En un esquive insulté a la Naty: el pelo era una molestia para todo, me ponía loco. No le gustó pero la dejó pasar. Después la pelota me dio en la cara.
—Boludo —largó.
—¡Chupame un huevo! —le contesté.
—Sacalo... —desafió, y todos quedaron mudos.
En sexto grado fingíamos madurez. Una mueca de fastidio bastaba para controlar esos retruques. “Ser grande” era perdonar, evitar y dejar pasar las peleas y esas cosas. Como cuando el Nico le partió el ladrillo en la cabeza al Nata, y el Nata (lleno de sangre) lo miró de pies a cabeza y levantó las cejas; nada más. Pero la Naty nunca adhirió a ese estilo. Decir “Sacalo” era todo un compromiso.
—Ahora no —le dije—, estamos jugando.
—Cagón.
—No soy ningún cagón, ¿sabés?
—Bueno, dale, sacalo después del partido.
Los chicos miraban serios, sabían que si la Naty estaba involucrada no era joda. Nadie dijo nada, como escondiendo el problema. En el fondo a todos les gustaba que se armaran esas cosas.
—Después del partido lo saco, vas a ver.
Jugamos dos o tres puntos más, y ahí se vino el agua. Corrimos adentro, cada uno a su casa.
Por la ventanita del lavadero miré la luz tintineante de la vela en la ventanita del lavadero de la casa de la Naty. ¿Era ella, asomada también hacia la lluvia, intranquila? No, la Naty no pensaba mucho las cosas. En cambio yo sí pensaba. Pensaba demasiado.
Atrás de la casa de los Berrino, los rayos gigantes y afilados iluminaban de a ratos. El viento doblegaba los fresnos hasta lamer las baldosas entre gordas cortinas de agua. Un auto veloz por la esquina me encandiló. El conductor debe haber visto mi rostro asomado como si fuese un fantasma. Me quedé muchas horas en la ventanita, pensando. Amanecía, cantaban las ranas en los zanjones. Entonces dormí dos o tres horas, y sonó el despertador.
En el colegio venía con el pan de leche por el pasillo para comerlo en el refugio abajo del escenario, y me apareció en la mente la cara de la Naty diciendo “Sacalo”.
Traté de frenar el miedo, se estaba convirtiendo en algo irracional. Seguro que nadie se acordaba. Pero la verdad no me daba la razón, la Naty no iba a olvidar. Una vez Pitito Vergara le dijo que bajara los pantalones a tomar agua, un chiste que usábamos cuando alguien tenía los pantalones muy cortos. Una semana después, en la pileta, adelante de todo el mundo, la Naty lo encaró y le dobló el dedo hasta hacerlo arrodillar. En otra ocasión el Loro la desafió, y ella le dijo “Venite”. Y el Loro se cagó. ¡El Loro!
En el almuerzo ni probé los fideos. El temor no era sacárselo a la Naty (aunuqe sí, y mucho), sino que estuvieran los chicos, o las otras chicas. ¿Y si la tarada lo quería chupar?
A la siesta fui a la pileta temblando. A veces iban la Naty y el primo. Subí al trampolín y me senté en la tabla para poder verla venir.
A las siete empezaron a avanzar las nubes negras. Me tragué casi entero un pancho y volví a casa a planear algo. La hora de la cena llegó rápido, y no solucioné nada. Comimos pizza fría en el jardín. A eso de las diez salió Sarandieri y marcó con tiza en el pavimento la cancha de paddle y lo llamó al Lagarto para jugar. Al rato salieron las chicas. La Naty, no. Me tranquilicé. Se levantó viento.
Fui a buscar la paleta y jugué dos partidos. Perdí uno, al otro lo gané y pasé a la final.
Y ahí llegó la Naty.
El corazón fue a doscientos. Nadie decía nada. Peleábamos por los puntos o por si la pelota pegaba en la línea dibujada torcida.
Entonces, de lo más bien, la Cintia dijo:
—Che, la Naty se lo tiene que chupar al Lelo. De anoche, ¿se acuerdan?
Y de nuevo el silencio de cuando nadie sabe qué decir.
No había otra, me hice el macho.
— Sí, Naty —le dije—, no te hagas la viva. Después el cagón soy yo.
— Bueno, dale, sacala.
— No, acá no.
— Bueno, crucémosnos al campito...
Nos cruzamos al campito.
Encontré un lugar de yuyos altos, capaces de tapar un poco. Tronaba fuerte ya.
La Naty, de frente y más alta que nunca, no descuidó un segundo su mirada. Me bajé los pantalones de un tirón. Miró abajo. Debe haber visto el racimito hirsuto y pobre, el colgajo insignificante y áspero, camuflado entre los arbustos como nido de curucucha.
—Bueno... —dijo, y pegó la vuelta y volvió con los chicos.
Mientras me subía los pantalones, la vi correr de espaldas: un trote corto, como si la tormenta pudiera alcanzarla.

Dos siluetas de Simulcop

Lorenzo se está volviendo loco, la marihuana le oxidó el mate. José lo visitó hace menos de un año y volvió con una tristeza definitiva: “El Lorenzo parece una planta, boludo. Está pa’ trás”.
Creí que no era para tanto, pero ahora lo tengo enfrente. No puede concentrarse en el control remoto, le lleva tiempo reconocer los botoncitos antes de encender el televisor. No es el faso lo único que lo convierte en babieca, debe haber algo más.
—Estoy tratando de acordarme del día en que erré algo.
—No entiendo, Lorenzo.
—Que hubo un día en que pasó algo, ponele, una boludez cualquiera que te cambia la vida sin que te des cuenta.
—Alguna decisión.
—No, alguna huevada.
Se concentra en la pantalla como si en lugar de imágenes mostrara manchas para interpretar. No digo nada, la única vez que nos quedamos en silencio fue la noche en que la Maricel empezó a vomitar y después se murió. Hace más de quince años, en plena Fiesta de la Primavera.
—A lo mejor tendrías que ir a terapia —le digo.
—Sí. No sé. No es lo que más me preocupa.
La pieza de Lorenzo ya no es la pieza de Lorenzo. Cuando éramos pendejos traíamos a las minitas a esta cueva, tenía buena acústica y olía como pipa. Ahora es un depósito de muebles que a la casa le sobran. Lo único reconocible es la cama y el escritorio donde guarda los apuntes de fisioterapia. La última vez que lo vi le faltaba un año para recibirse. Seguía teniendo los cuatro o cinco cedés de siempre, los cuatro o cinco libros que le había prestado y algunas películas en vhs no devueltas.
De chico lo llamábamos Burbuja. Cada vez que se ponía nervioso y lloraba, amenazaba con escapar de la casa después de frotarse con jabón hasta hacer una burbuja gigante para meterse adentro y salir volando.
En quinto grado faltó al colegio dos semanas seguidas. Una tarde, en hora de clase, vinimos a esta misma casa a pedirle que volviera. La seño Inés golpeó las manos, pero no nos atendió nadie. Era la siesta, los padres tenían que estar trabajando. Lorenzo, sentado en una reposera arriba del tanque de agua del techo, leía la revista Gente. Nos miró como si fuéramos Testigos de Jehová. La señorita le preguntó por qué no iba más a la escuela. A pesar de vernos, no despegó los ojos de la revista. Le gritamos que se bajara. Se puso loco y nos tiró con un pedazo de ladrillo hueco.
—No puedo leer más —dice, jactancioso, no puedo escuchar música, no puedo ver películas, no puedo hacerme la paja, no puedo casi ver fútbol, nada. Todo es falso. Todas las personas me parecen mentirosas, y más los artistas. A terapia no voy a ir, no sirve una mierda. Los psicólogos son locos, boludo, no se puede. La única vez que fui, hace mucho, cuando me separé, me dijo que era un reprimido y me preguntó si alguna vez había tenido fantasías sexuales con mi hermana. ¿Entendés? Ta loco.
—Bueno, a mí la psicóloga...
—¿A vos te sirve terapia?
—Sí, qué se yo. Está bueno lo que uno haga con eso, no lo que…
—… para colmo, en este pueblo estoy más solo que la mierda. No salgo a ningún lado y estudio todo el día… se me pasa volando. Cuando me doy cuenta, ya es de noche y me deprimo mal, boludo. Mal, ¿entendés? A veces viene el Cuki, pero está más quemado que yo. No entiende nada.
—¿Chateaste con el Martín?
—Sí, ahora vive en Barcelona. La pasa bien, me manda fotos de vez en cuando.
De adolescente, Lorenzo era pila. Fumaba mucho, pero le pintaban las mejores ideas. Por ahí le venían rayes de locura. Una vez se colgó con el “Informe sobre ciegos”. No salía de la casa. Fue difícil sacarlo. Habíamos jugado ajedrez desde la mañana y fuimos a un quiosco del centro. En la peatonal vi al ciego venir.
Lorenzo se acercó a mi oído torciendo la boca:
—Fijate cómo me mira.
—¿Quién? —me hice el pelotudo.
—El ciego… fijate.
—¡¿Cómo te va a mirar un ciego, Lorenzo!?
—Fijate cómo cuando pasa al lado nuestro se hace el gil, pero después se da vuelta y me mira.
El ciego —que, además, era rengo— pasó casi raspándome, tenía olor. El tipo siguió caminando. Dos o tres pasos, y se dio vuelta para mirar al Lorenzo. No podía ser cierto, tampoco casualidad. Nos comimos la noche flasheando con eso. El Lorenzo explicó cosas que no recuerdo por qué no creí. Se las discutí a muerte, aceptarlas era volverse loco.
Años después nos reímos de lo del ciego. Fue en un asado en casa de la Eli, borrachos. Esa noche se puso de novio con Fernanda y se perdió por varios meses. Lo único que hacía —lo cuereaban— era mirar Los Simpsons, fumar como caballo y culear con la Fer.
La nena —unos seis años, con la muñeca que trae arrastrando de los pelos y una amiga que la sigue— entra en la pieza y se frena de golpe como si hubiese visto un espectro: suponía que el Lorenzo estaba solo. Después de mirarme de pies a cabeza, lo miró a él.
—Nos vamos a la placita, pa.
—Pará, Rocío, que papá está con el Negro.
Las dos se vuelven arrastrando los pies por el pasillo.
—La pendeja es lo único que me mantiene vivo, te juro —dice en una de esas pausas melancólicas que buscan aprobación—. A mí me toca los lunes, miércoles y sábados. La madre es una culiada: me hace renegar, no me deja criarla como yo quiero.
—¿Y cómo querés criarla?
—Aparte estoy harto: no quiero vivir más acá de mis viejos, ¿entendés? Ya estoy por cumplir treinta, quiero vivir solo. Quiero un laburito, un auto… Con un auto es más fácil, a las minas les gusta los autos.
—Bueno, sí, está bueno eso. Tendrías que ver la forma de encontrar un laburo.
—¿Pero qué laburo? A mí cualquier cosa me quema la cabeza, ¿entendés? Y no voy a ir a laburar fumado, es un bajón. Además tengo que terminar de estudiar.
—Y bueno…
—... yo pensaba en un laburito en un banco. Pero sabés lo loco que me pondría ahí, con todos esos idiotas de traje, mirándome a ver si hago bien las cosas, si las hago mal. No, boludo, estoy pa’ trás.
—¿Y no pensaste en hacer terapia, en ver algo que te ayude? ¿En fumar menos?
—Ya te dije que la terapia es una bosta. Además no fumeteo mucho, no llego a tres fasos por día. Lo que pasa que acá adentro no puedo fumar, mis viejos me calan el olor al salto…
Salimos, nos sentamos abajo del ventanal del frente. Lorenzo enciende una tuca, chupa y grita por la ventana:
—¡Mami! ¿La Ro? —larga el humo.
—Se fue a la placita con la Eve.
—¡Si yo no la dejé, mami, dejá de hacerme renegar!
—Dejala que vaya, Lorenzo, que se divierta un poco. ¡Qué querés que hagan!
El silencio nos embadurna la cara. El olor a marihuana es agrio. Al frente hay un taller mecánico. Lorenzo se concentra en los chispazos de los soldadores, en una explosión amarilla que nos llega muda. Canta una “palomita de la virgen”. Su lamento y la soledad de la tarde convierte al mundo en una página de simulcop: nos imagino borrosos. No sé por qué recuerdo el poema “Tabaquería”, de Pessoa.
—Tiene que haber algo...
—¿De qué, Lorenzo?
—Una cosa que me cambió la vida, no sé.
Bufo.
—Nada, pelotudo —me dejo llevar por la bronca—, no hay nada que te cambió la vida, gil. Dejá de fumar. No te enojes, Lorenzo, pero viajé doscientos kilómetros. Me dijiste que estabas mal, y acá estoy, y lo único que hacés es quejarte y hacerte la cabeza. No me jodás… Dejá de fumar y buscate un laburo. Terminá de estudiar de una vez, no sé.
—¿Viste Corre, Lola, corre?
Harto de que salte de una cosa a la otra, que no se concentre en nada, que no le importe una mierda nada de lo que uno pueda llegar a decirle, hago silencio, me incomodo. Pero a los segundos cedo.
—Sí, no me acuerdo bien. ¿Es esa alemana en que la mina tiene que conseguir guita?
—Esa. ¿Viste que, según alguna huevada, como que la mina se choque con una vieja en la calle, le cambia la vida a la vieja?
—No me acuerdo.
—Que, por ejemplo, si yo no me hubiese errado ese penal contra los de Olimpo, a lo mejor ahora sería ingeniero. O estaría tirado en una zanja, ¿entendés? Que mi vida sería distinta. No sé…
—Te entiendo, eso pasa todo el tiempo.
—Sí, pero vos no entendés. Vos te referís a otra cosa.
—Bueno, como quieras.
Empiezo a odiarlo, a desconocerlo. Pienso en algún trauma que pudo haberle hecho esto y no encuentro otra cosa que la separación de Fernanda o su paternidad tan joven. No veo qué puede haberlo puesto así.
Hay algo, un recuerdo que ahora me inunda la cabeza. Como esas canciones bizarras que creemos, por suerte, olvidadas. Algo que, sorprendiéndome, puede tener que ver.
A los quince o dieciséis años nos pasábamos la tarde tirados en la plaza fumando faso y hablando de poetas. El Marcos había ganado muchas veces el Premio Municipal, y yo un par. Lorenzo se escapaba de Fernanda para escucharnos. Un día aprovechó un silencio y se mandó:
—Yo también escribo.
—¿En serio, Lorenzo?
—Hace mucho más que ustedes que escribo. Hace de chiquito que escribo cosas, tengo un montón de cuadernos llenos. Y no escribo para levantar las pendejas de tercero, como ustedes. Escribo de verdad. Nunca les voy a mostrar nada, voy a quemar todo. Son genialidades que nadie va a entender. Así que las voy a quemar.
—Para mí que te da vergüenza —tiró el Marcos.
—No, boludo. Acá traje un poema, que es el único que creo que ustedes pueden llegar a entender.
Y lo leyó, rápido, masticando las palabras. No hacía falta una mirada cómplice con el Marcos para certificar que la envidia nos chorreaba por las orejas. Durante la lectura, el Marcos me codeó como si hubiese hecho su aparición un fantasma inconmensurable y murmuró la palabra Borges. El argumento: Lorenzo fumando, tirado en la cama de los padres, oliendo el colchón todavía mugriento por el sexo de su madre. Para mí —lo pensé al otro día— lo de él había sido auténtico, un verdadero fetus in fetus: por algún error genético, guardaba en las tripas un poema. Se lo dije al Marcos. Pero él, todavía con aquellos versos dándole vueltas en la cabeza, dijo que el Lorenzo, a ese fetus in fetus, se lo había “extirpado del orto”. Que era un poema monstruoso condenado al fuego, una inmundicia genial que no podía habitar este mundo.
El Lorenzo, con el papel en la mano, mirándonos, se movía hacia adelante y atrás como autista. Y nos reímos en su cara, fuerte, al borde de babearnos. Fue por la marihuana. Fue por los nervios, por no saber para dónde rajar. Esa sensación de velorio, la solemnidad “intelectual”. Temíamos ser sensibles, vulgares. Nuestra sensibilidad debía ser artística, no mundana.
Se levantó, rompió el papel, agarró la bici y se fue moqueando. Nunca lo habíamos visto así. Nunca su cara sin sonrisa, su mentón temblando. Lo llamamos de lejos, aunque riendo. Le gritamos que el poema estaba bueno, pero no volvió.
Lorenzo pisotea la tuca en la vereda y me pide que lo acompañe a la placita a buscar a su hija. La placita es un campito de tierra con un tobogán roto y dos hamacas. Atrás hay campos, potreros secos de una ciudad que no ha crecido en los últimos treinta años. El cielo se desmorona. Las nenas corren hasta nosotros.
—¿A qué jugaron, Ro?
—A nada, nos hamacamos. Vino un chico a tirarnos arena, pero la Mily lo echó. Le pegó con un ladrillo en el pie.
—No, Ro. ¿Cómo van a hacer eso? Mirá si el chico viene y les pega, después…
—Bueno, pa, ¿qué querés?, si él vino a buscarnos lío.
Volvemos las dos cuadras en silencio. Llegamos a la casa. Lorenzo le ordena a la madre que bañe a Rocío. Ella saluda, pregunta cómo estoy y qué fue de mi vida. Pero no presta atención a la respuesta, ya está en el baño con su nieta.
Desparramado en una reposera del living, Lorenzo se muerde el labio y señala a su mamá. Me siento en el sillón grande, el verde, el que en algunas noches me soportó desmayado por el alcohol. Lorenzo agarra el control remoto, su cara recobra cierta dignidad.
—¿Vos crees que fue por esa tarde que les leí el poema?
No ha pensado en otra cosa en todos estos años.
Sonrío con superioridad.
—No le echés la culpa a un poema, Lorenzo.
Cambia de canal sin mirarme, el verde furioso de una cancha de fútbol nos atraviesa, nos silencia el comentario nasal del conductor del programa.
Lorenzo espera de mí la confirmación del pasado, de lo que vivió aquella tarde. Quiere que me rectifique, que le diga que aquel poema era bueno.
Pero mi cabeza está en casa, con la familia y mis cosas. Quiero llegar y contarle a Vanesa que el viaje fue al pedo, que estás irrecuperable, que estás peor que nunca. Te miro la nuca frente al televisor y me da vergüenza, Lorenzo, te juro. No sé qué sensación tengo, y aquel poema era condenadamente brillante.
Me levanto poniéndome la campera. Empieza el partido. No puedo irme, hay algo que no me deja abandonarte así. Voy hasta la heladera, saco una cerveza, la destapo y vuelvo al sillón.
—¿Juega Lujambio? —te pregunto pasándote la botella.
—Ni puta idea —contestás.

La muerta

Frente a la funeraria, miro el cartel con el nombre de la muerta: Azul Dietrich. Entro. Chequeo el lugar sin atreverme a mirar el féretro. Estoy en un rincón, junto a gente quejándose de la lluvia que no llega al campo. Un tipo se acerca y pregunta si fui amigo de Azul. Le digo que no. Es el padre. Azul fue una chica de pocos amigos, dice, por su problema.
Voy a la otra sala con la esperanza de estrellarme contra el rostro del cadáver. De esta manera el impacto será fuerte, pero irremediable. El miedo me detiene antes de lanzarme como kamikaze. Es el primer muerto que veré en mi vida. Me acerco con las manos en la espalda. Es ella. Larga, unos dos metros veinte. Más que una muerta, parece una comida rancia servida para un Goliat que está a punto de llegar. Somos un montón de animales con la ofrenda lista, esperando al monstruo.
La miro: tiene los pómulos reventados. Un tipo hace girar un cigarrillo apagado entre los dedos. Apoya la otra mano en mi hombro. Cree consolarme. La puerta entreabierta enmarca al padre de Azul lloriqueando más allá, en el regazo de una mujer. Alguien se acerca a ellos y los besa. Los ventiladores despiertan echando olor a muerto. Ya está, la vi.
Salgo y me siento en la entrada. Surge de los zanjones del Centro Cívico un vaho caliente que se mezcla con el olor a baño limpio de la mañana.
Hablaré de la muerta. La conocí una noche fría en que bailaba Norma Viola. Atrás, lejos del escenario, delante de su padre, agarrada de la mano de su mamá, me miraba golosa. No le di más de dieciséis años. Fue un hallazgo. Sus piernas, su cadera y cintura, y por último, las dos lomas que coronaban su pecho envuelto por ese inmenso abrigo de corderoy verde parecían dos módulos lunares flotando. Movió los labios. Miró. Al rato me fui. Caminé entre el público tratando de encontrar a algún conocido. Cuando volví, Azul y sus padres ya no estaban. Miré un rato el show. El Intendente le entregó una plaqueta de ciudadana ilustre a Norma Viola. Se rumoreaba que era su última actuación, que estaba enferma. Empecé a mirar a la gente aplaudir. Descubrí a Azul muy atrás, abajo del cartel de VeriHogar, sentándose en uno de esos bancos de cemento. Me tomé unos minutos para acercarme. Ella me hizo un lugar en el banco. Me llamo Azul, dijo. La boca se le derretía. Una gorda se sentó atrás y me quedé sin mi porción de banco. Ya no la veía. Esta chica padece alguna enfermedad mental leve, pensé: los ojos, la nariz y la boca en el centro de la cara regordeta no se ven saludables. Sin embargo, en mucho tiempo no había visto una cara así de bonita y provocadora.
Todos rezan el Rosario, me miran de reojo. Parecen conocerse a la perfección. Me siento un intruso. Deben confirmar con mi presencia un noviazgo oculto de Azul. Me gustaría decirles que sí, pero no aguanto la decadencia de los velorios. Del otro lado de la puerta descubro al padre señalando con la mirada hacia donde estoy. La mujer que antes lo consolaba cogotea buscándome.
Me siento cerca del féretro, donde no pueden verme, junto a unos chicos embarrados. Hablan de zapatillas. Alguien trae chocolates y convida. Yo no quiero, me levanto y salgo. Enciendo un cigarrillo. La verdad es que acabo de angustiarme.
Aquella noche que la conocí, de camino a casa cuando el espectáculo había terminado, los vi pasar en la renoleta. Con la nariz pegada a la ventanilla como en las películas, Azul no me sacó los ojos de encima.
Los meses que siguieron fueron de una soledad olvidable. Nadie sabía de ella en el pueblo ni en los pueblos vecinos. La mina no salía porque en realidad era una niña. No tenía catorce o quince, sino diez o nueve. Una enfermedad degenerativa, gigantismo o algo así, la mostraba púber. Descarté la idea por fantasiosa. No me gusta escribir sobre mis obsesiones porque no son verosímiles, pero juro que estuve mucho tiempo pensando en ella. La amaba.
Encontré a Azul después de muchos años. Fue en la parada del colectivo. Yo pasaba con las bolsitas de las compras. Ella me llamó. Vestía con ropa deportiva tratando de no acentuar una flacura al borde del raquitismo. Medía un metro noventa o algo así. Cuando la vi me sentí invadido por ese olor de cuando la amaba y buscaba. Mis sueños se destrozaban en ese cuerpo deforme, pálido, lleno de manchas.
Le pregunté si me llamaba a mí y dijo que sí, y si la reconocía. Le dije que no, fue terrible. Me quedé parado, actuando mal, entornando las cejas, dejando las bolsas en el suelo, mostrándole interés por seguir la conversación. Pero le repetí que no, que no sabía quién era, que no me acordaba. Hablamos dos o tres boludeces, y tuve que hacerme a un lado para que el colectivo estacionase. Subió con dificultad. Te tenés que acordar, dijo desde la ventanilla. Le sonreí abriendo las manos. Fue la última vez que la vi.
Ahora cierran la tapa, y los llantos se mezclan con el sonido del destornillador eléctrico. Salgo. Hay gente esperando el cortejo. Varios viejos fumando, puteando por la eliminación en el Mundial. Tiro el pucho. Sacan el ataúd y lo meten en la parte trasera del coche. Los parientes lo acompañan unos metros y se vuelven. Ya está. Se encienden los faroles del bulevar.
Cuando el último auto desaparece, camino al bar más cercano. Acá no pasó nada, me digo.

Ñandú

El Lucas ya se había mandado algunas cagadas parecidas. Una vez, a la entrada del colegio, hizo un willy con la moto blanca que había armado, y en el aire se le salió la rueda de adelante. Anduvo media cuadra con la moto levantada pensando en como bajarla pero no había opción. El ruido fue lo que más nos impactó. Lo otro fueron algunas chispas y el Lucas arrastrándose sin control hasta nosotros, chocándose varias veces contra el cordón cuneta. Otra vez fuimos a la casa y nos mostraba cómo había que castrar a los gatos. Los padres nunca estaban. El Lucas se subía al techo a fumar. Armaba cigarrillos con yerba mate y un pedazo de diario. Esas cosas fueron en séptimo grado, él había repetido dos veces. Una semana antes de terminar la primaria pasó lo del ñandú.
En verano lo acompañé a chorear nísperos y pasamos por el campo del tío. Se le iluminaron los ojos cuando la vio y era imposible que el entusiasmo del Lucas no se te contagiara. En esas situaciones no medíamos las consecuencias, lo único que importaba era ver al Lucas así, ver crecer la alegría como un veneno que le hinchaba el cuerpo y lo hacía explotar.
—Vos colgate de las rejas y espantala, que yo me acerco por acá atrás y le tiro la soga —me dijo.
—Te crees que la ñandú es boluda, Lucas. Las ñandú son re-vivas.
—Vos andá.
—Te va a cagar a patadas, las ñandú te cagan a patadas.
—Problema mío, andá. Ya me vas a agradecer cuando las chicas nos vean pasar arriba de la ñandú y se caguen de risa.
Lo encontramos en el zoológico abandonado. El zoológico había sido un rejunte de animales de la zona, más bien grises, flacos. Tres zorros, un puma, varias lagartijas, un puñado de gorriones y no mucho más. Cuando no pudo seguir alimentándolos, el tío les echó el veneno. Fue en cana, molido por un grupo de mujeres que quiso lincharlo. Solo, en un pedazo de jaula atrás de los chañares, el ñandú sobrevivió.
—Tapemoslé los ojos con algo, Lucas. Yo vi en la tele que le hacen eso a los cocodrilos para que no se aviven.
—Si, ¿y cómo mierda la agarramos? Le podemos poner esas anteojeras de los caballos.
—¿Van con monturas las ñandú?
—Yo vi en la tele que sí, a los avestruces se las ponen.
—Sí, pero las avestruces son más grandes, no se si esta va a aguantar.
El bicho le tiró un picotazo en la pierna. El Lucas se revolcó agarrándose el tobillo, juntó un puñado de piedras y se las revoleó por la cabeza. El ñandú corrió flameando el cogote.
—Se me caga de risa, la hija de puta.
—Agarremoslá por atrás.
—Qué te crees que es pelotuda o qué, mirá como juna por el costado.
—Ta’sustada, boludo.
La acorralamos en punta de pies, agazapados, el bicho no se dio cuenta. El Lucas fue por atrás, pegó un salto tirando de las alas y se subió. El ñandú salió corcoveando. La jineteó cagándose de risa. Le enredó la soga alrededor del cuello, el bicho dobló cerrado y lo tiró a la mierda. Antes de tocar tierra, el Lucas pegó el tirón y la revolcó. El bicho largó un grito horrible, saltaron manojos de plumas.
Nos fuimos al centro en las bicis. Se escuchaban las uñas del ñandú raspando el pavimento. A cada rato se metía entre las ruedas y nos obligaba a frenar. Le desenredábamos la soga y arrancábamos de nuevo. Una cuadra antes del centro frenamos, dejamos las bicis y nos preparamos. No me animé a subir, al escándalo lo iba a protagonizar él. Pobre.
La acomodó derechito a la plaza. La montó de un saltó y salió cagando. El ñandú agarró en diagonal, zigzagueando. El Renault 12 venía al mango, era rojo.