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Dos poemas



de Pablo Natale (*)




Fotografías de gente en moto
Mr. Williams se compró una moto negra
hace un par de meses 
con sus ahorros de docente
soltero y codiciado.
A veces me alcanza hasta casa
y elige siempre los caminos más complicados
se mete por calles que no conoceríamos nunca
da con plazas inesperadas y hace rodeos 
que parecen meternos en el laberinto de la ciudad
y mientras tanto el frío nos cala los huesos
y eso me da tiempo para pensar en nosotros
y alejarme lentamente de esa moto negra
el pavimento roto, los charcos
las manchas de aceite desconocidas
y la voz de Mr. Williams que me cuenta
en qué consiste la novela que está escribiendo
una novela que habla sobre su vida, dice
sobre los grandes amores de su vida
sobre la forma en que se olvidó de algo
y también, me dice, sobre cómo las palabras
se desgastan de tanto repetirlas
como los malos chistes
por ejemplo ese en que la maestra le dice a los chicos
que hagan la tarea en soledad
y Soledad aparece muerta, escrita por todos lados.
Mr. Williams habla y se ríe con el casco puesto, la voz
derramándose entre la velocidad y el viento
y veo la capa de plástico que me separa del mundo
cada calle con su nombre olvidado
las ventanas apagadas 
la gente escondida yéndose a dormir
los ladrillos de las casas que no me pertenecerán 
nunca
y las esquinas en las que podré perderme
cuando llegue la hora y todo sea malo.
Así es que la moto dobla otra vez
y Mr. Williams habla y ríe solo.
Tenemos los cuerpos apenas inclinados
cada vez que tomamos una curva.
Así que éste es el cordón umbilical
que me lleva de vuelta a casa
y éste es el cordón umbilical
que me conecta de nuevo con el mundo
aquí está Mr. Williams
aquí estamos nosotros
polvo del polvo
sonriendo para el flash de la cámara
en la ciudad del viento.





Juguetes

Mi hermana me pregunta
si algún día me voy a casar.
No me pregunta si creo en el amor, sabe que
no podría preguntar eso.
Tiene una muñeca entre las manos y 
siete muñecas en una repisa al costado de la cama.
Las muñecas: Julieta, Romea, Adefesia, Benita, 
Literatura, La muerte y Doña Eterna.
Esa es mi hermana.
Caminando bajo las luces
de su vida imaginaria
haciéndome preguntas que después
le hace a sus muñecos de formas simples 
y nombres rebuscados.
Así son las cosas. 
Los cerámicos, el color rosa en la pared
juguetes, mi hermana, los años que quedan.
Juguetes. 
Así me gustaría hablarle del amor.









(*) nació en la ruta interestatal Córdoba-Rosario en la década del 80. Publicó "Un oso polar" (Recovecos, 2008), "Vida en común" (Nudista, 2011). Colabora en diversos medios y coordina cursos de escritura. Es integrante de la banda de indie-pop Bosques de groenlandia, que acaba de sacar su primer disco.

Iván Wielikosielek / "hay días..."

Hay días como hoy en que morir no cuesta mucho
días con nubes que se suceden durante semanas
colectivos destruidos y sucios arrancando afuera
siempre arrancando contra mi ventanal quebrado
días en donde el tedio de la tarde se hace inminente
y no hay un lugar para ir de noche
y no hay posibilidades
y no hay un centímetro de vida aquí
Días y días enteros en los que la paso
con un billete de dos pesos en el bolsillo
cada vez más celeste y desteñido
agrios días
largos días que van preparando de a poco este día
y una vida que lo fue preparando también
con emociones sombrías y dudas
Hay días como hoy en que morir no cuesta nada
en donde lo más fácil y natural es sepultarse
arrinconado en una silla contra el ventanal
mirando tras los vidrios agrietados las nubes
como masas de algodón y pan sucias de tierra
como todas las almas que se apolillan en esta porción del mundo
Días en donde es bastante cómodo dejarse arrastrar
corriente abajo
sin chistar
sin implorar
sin segregar adrenalina ni miedos
tan sólo percibiendo muy por lo bajo
que faltan varios grados de termómetro en el alma
para tener el calor de los que están vivos
Hay días como el de hoy en que no siento culpa
en los que se desvanece en mí el remordimiento
días en los que salgo a ventilar un poco el corazón
para que no se me percuda
y voy con mi único billete que está prohibido gastar
con mi única ropa de jean y mi único par de zapatos
y quizás sienta algo parecido a estar vivo
cuando veo la perra del vecino arriba del techo
que me mira con quieta desesperación
pidiéndome que la saque de su jaula
o cuando camino dos cuadras con tres niños de barrio Pueyrredón
que van a bañar al río sus pequeños cuerpos de diez años
y más tarde abrirán la puerta de los taxis en el centro
Y no es lástima lo que siento
si no la intuición fugaz de lo irreversible
la claridad con la que me es dado ver
que todos estos días están precediendo a toda una serie de futuros días
en que estos niños y esta perra también estarán muertos
En este rincón del mundo sin dinero posible que gastar
sin más posibilidades que la de ventilar un poco la existencia
vivir es casi igual a esperar que pare la lluvia sentado en un rincón
mirando a través de un ventanal partido hacia una calle
con hombres que se aburren.

Los lagartos del sur de Australia (algunos poemas)

SOBREVIVIENTES



letanía
siesta de barrio
un envenenamiento de la gente
un despertar liviano
de las cosas

golpea el postigo
canta la paloma
arrancan las chicharras
los destellos del sol en el techo

a lo lejos
murmura una radio

sobrevivientes
de un apocalipsis







LA CIVILIZACIÓN



nuestra guerra fue en los yuyos
soñando captar
las alas rojas
o fucsias
de las langostas

trepar a los techos
para ver el futuro
las líneas marcianas cruzarse en las llanuras

a lo lejos
el hombre construyó la civilización
la muerte de los padres

las nubes del atardecer en el horizonte
como montañas nevadas
anhelaban animales del frío
trepando las laderas
o rutas
surcadas por camiones

vivíamos en un pueblo donde
los vecinos
se ahorcaban en los árboles de la vereda







ALAS DE GIGANTE



no igual a los poetas / albatros
las alas
otros pesares tengo

en el espejo
un muñeco de ventrílocuo quiere
escapar de la maleta

le pregunto ¿Cómo vivís
con tantos papeles?
¿Qué mierda ocultaba
la caja de Barton Fink?








GÜERO BAR

las patas de las sillas apuntan al techo
estacas de una aldea esperando
sus decapitaciones

somos
fantasmas del vacío
migas de luna
lagañas

restos de olvido en los vasos

La Felicidad es un Gordini (algunos poemas)


(algunos poemas)


lo siento pero
una tarde de siesta
un calor conchudo
reventado contra el asfalto
un calor de puta madre
un ventilador
me persigue

lejos de las torres
de papeles quemados
de cerebros quemados
de máquinas
me persigue la música
la vida

esa cosa hecha de sacos
esa cosa llena de sangre
de leche
de palabras
vomitadas
ácidas por nicotinas
la comunión con los testículos
con las mesas los fiambres

la mía es
una psicosis de am
sonando en un patio
a las cuatro de la mañana






amanece
en lo viejo de la plaza
abrazo las ventanas
les doy de beber a los manteles
baño de luces los muebles

otra vez no tengo qué hacer ni qué decir

voy a comerme de un bostezo
la vía pública






querido Sísifo
con lloviznas querido
anduviste solo
comiendo galletas
a las cuatro de la mañana
sentado en el umbral
más pálido que aliento de enferma
revolviendo heladeras
veredas viejas libros con cáncer
no una cosa que pueda verse
tocarse sino
el ver y el tocar

lloro
como la tarde en que te encontré
mamando un cordón cuneta






corro descalzo
sin moverme de mi cuarto

a mi lado
el frío se come un perro
me mira de reojo
espera
relame los huesos
los estudia
les arranca lo que queda

(el problema es que siempre quise decir nada)






ni puertos ni muelles
ni sirenas
que en la noche reverberen
no hay dónde
sólo adentro
en






es ahora que palpito
inmerso en transistores
y la cama
enmudece como zanja

mi nombre está escrito en mi espalda






no vuelvas
yo velo por nosotros cuando niños
mantengo hamacas mudas
desde siempre






la noche es una señora con calmantes
deshace las camas y ensucia los vidrios
tira un colchón
y duerme con los perros

hay una organización de faroles
que ama literalmente a las nubes

de vez en cuando alguna casa
abre un ojo y lo cierra enceguecida

seres extraños
realizan partos a los mármoles
se oye cantar a un muerto
—una vez un niño se murió de alegría
sacándole jugo a unas piedras—

animales raros que quieren ser perseguidos
trepan árboles y ríen

deambula un temible señor viejo
que quiere enseñarnos
dulzuras espeluznantes

me detuve a ver los alumbramientos
el inconmensurable ejercicio de los climas
las luces tenues

parece el pueblo una cabeza que sueña
una almohada con perfume maduro
vida sabia lavándose las piernas






el silencio es
presencia deshidratada
el agua de la primera palabra y las que siguen
no justifica la vida
la mistifica

más allá
se despliega completa una llama
desde que nace
es un reino tranquilo
interpretar mil veces
la misma foto distinta

afuera
pastan los árboles la noche acuosa
el mudo aprende nuevas eremitas
insomnes y felices ante el viento
no diremos nada nunca y para siempre

Escribe, escribe, que algo quedará.

Estoy notando en muchos lectores, periodistas, redactores de blogs (y en algunos escritores también) una especie de apatía hacía la poesía. No la entienden. No les mueve un pelo. Les parece una truchada, o su lectura les exige un esfuerzo que, dicen, nunca da frutos. Acusan al género de críptico, difícil, aburrido, pomposo, y por último, elitista. Sin embargo, es lo que más se publica, aunque lo que menos vende.

Con el boom de las bitácoras personales, todos aquellos nutridos cuadernos adolescentes que antes se degradaban en cajones de muebles o márgenes de apuntes universitarios, ahora se publican. Cualquiera puede colgar sus cosas en la web y ser leído por amigos, que (en la mayoría de los casos) nunca leyeron poesía. Cualquiera que abra un blog tendrá visitas, lectores y comentarios. En resumen: un público. Cualquiera puede convertirse en escritor de la noche a la mañana, y creérselo. Muchas jubiladas se dedican al género así como otras empiezan croché o a pintar cabezas de caballos y tapices. Las docentes siempre han sentido inclinación por llenar páginas con edulcoradas elucubraciones y las adolescentes sucumben a su período coloreando carpetas de secundario con versos propios en distintos colores de biromes.

Cuando una persona (generalmente en la adolescencia) decide dedicarse a escribir, elige hacer sus primeras armas literarias en la poesía. Creen ver en el hecho de escribir versos una facilidad: no hay que escribir mucho (una poesía puede tener un solo verso); no hay que ser necesariamente coherente; no hay que contar necesariamente una historia, no hay que plantear ninguna teoría u opinión e, inclusive, un golpe de azar puede convertir a nuestro mejunje de palabras y sensaciones en un muy buen poema. Y después, el factor determinante en los últimos tiempos: la web. “Lo cargo y a alguien le va a gustar”.

Hay, también, una valoración social (¿fetiche?) en el hecho de que alguien sea poeta. Me sorprendió, en un recital de Spinetta, escuchar a parte del público gritarle ¡poeta! al músico. Poeta así sin adjetivos, pero con un tono elogioso. Poeta, sin que haga falta más. Es como si camináramos por nuestro barrio y al pasar frente a la carpintería escucháramos a un tipo que pasa por la calle en bici gritarle “Carpintero” en tono elogioso al señor que corta las maderas.

Gracias a esta inmadurez inaugural de los aspirantes a escritores, muchas editoriales subsisten. Aparentan organizar concursos literarios para elegir a los iluminados que integraran una antología importante. Después, todos los que se presentaron son seleccionados y ponen la guita para la edición (cooperativa, así le llaman) y todos contentos con sus letritas de molde y las promesas por parte de la editorial de una distribución y prensa que en el fondo no existe. Yo también pagué para aparecer (pero con cuentos) en un libro del 97 junto a Oliverio Coelho.

Ante este fenómeno, llegando al extremo de resultar molesto, algunos intelectuales han llamado la atención sobre las toneladas de basura poética que circula. Y esta idea salpica injustamente a toda la poesía, tiñendo de sospechas al mismísimo género. Cuando le pregunté a Carlos Barbarito si era verdad que la poesía estaba subvalorada con respecto a otros géneros me contestó que un poeta actúa a través de las grietas, de los intersticios, no porque lo quiera, porque está obligado a hacerlo. Generalmente, y al decir generalmente me expreso con suavidad, fracasa. Fracasamos. La única estética posible es la del fracaso, dice Cocteau. En los setenta se acostumbraba a decir que el arte debía bajar al pueblo. Yo me imaginaba al arte como una especie de satélite en órbita alrededor de la tierra que debía ser atraído mediante artes magnéticas. Una nave construida por alienígenas o por ciertos elegidos que miran al mundo desde arriba a través de las ventanillas. Hago poesía. Desde hace más de treinta y cinco años. No provengo de Marte y mi padre es telegrafista jubilado, mi madre ama de casa.

A Marcelo di Marco, con respecto a lo elitista de la poesía, le parece que no es que la poesía haya alcanzado tales alturas. Lo que pasa es que la humanidad ha descendido a profundidades bestiales, que es distinto.

Juan Gelman confesó que al publicar su primer libro se lo llevó a su madre, ella lo miró con una anchísima sonrisa y le dijo: ‘De esto no vas a vivir, Juan’. Pero estaba muy orgullosa. Gelman ha recibido hace poco el Premio Cervantes, y cuando le toca el turno de definir a la poesía prefiere abstenerse de catalogarla como oficio: “No me parece un oficio —dice—, yo sé que se le dice así. No lo es porque ahí el tema de la voluntad para producirla no puede existir. Nadie se puede sentar a escribir poesía. Y luego uno escribe cuando ella te visita. Cuando viene la señora, golpea la puerta después de haberse acostado con medio mundo, hay que abrirle la puerta y entonces, ahí, uno escribe. O es escrito, porque es la mejor situación”.

En términos comerciales, la poesía no vende. Lo que alimenta a las editoriales es la novela, pero sin poesía no habría existido novela. Bien lo supo Bolaño y se nota en su obra. La literatura esta hecha de palabras, y en la poesía es donde la palabra juega de capitán. Anaximandro, nacido hacia el final del siglo VII a. C. compuso el tratado Sobre la naturaleza, el primer tratado filosófico de Occidente y el primer escrito en prosa de los griegos. Se había vuelto necesariamente una nueva forma de composición literaria ya que el logos debía quedar libre de las cadenas de la métrica y del verso, para responder con plenitud a sus propias exigencias.

Hay en la poesía, me parece, un protagonismo de la forma sobre el contenido, se resalta el valor del artificio, del poeta como orfebre, de la respiración de lectura, de abstracción. Considero a la poesía (la buena) una cosa íntima que barre mis venas, que ensueña, que me agarra la mano para mostrarme cosas maravillosas, fantasmales, universales, o mínimas pero sin importar nada más que ese acto personal entre esa columnita irregular y yo.

Hay que revolver toneladas de basura para encontrar algo, es verdad, pero vale la pena. Digo esto a punto de publicar un libro que reúne las poesías que escribí durante diez años (93/03) para contribuir quizá a la confusión general. Pero también adhiero a lo que escribió Hölderlin en una carta a su madre de enero de 1799: “la poesía es la más inocente de todas las ocupaciones".

Para Hölderlin, la poesía crea su obra en el dominio y con la "materia" del lenguaje. El fundamento de la existencia humana es el diálogo como el propio acontecer del lenguaje. Pero el lenguaje primitivo es la poesía como instauración del ser. Sin embargo, el lenguaje es "el más peligroso de los bienes". Entonces la poesía es la obra más peligrosa y a la vez "la más inocente de las ocupaciones". En efecto, cuando podamos concebir ambas determinaciones en un solo pensamiento, concebiremos la plena esencia de la poesía.

ROBERTO BOLAÑO / Los perros románticos



(Dicen que fue un gran novelista y un excelente cuentista porque lo que más leyó fue poesía. También supo escribirla.)
















En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.

HUGO MUJICA / Orillas

afuera ladra un perro

a una sombra, a su eco
o a la luna
para hacer menos cruel la distancia.

siempre es para huir que cerramos
una puerta,
es desierto la desnudez que no es promesa

la lejanía
de estar cerca sin tocarse
como bordes de la misma herida.

adentro no cabe adentro,

no son mis ojos
los que pueden mirarme a los ojos,
son siempre los labios de otro
los que me anuncian mi nombre.

Fabián Casas / Me detengo frente a la barrera

Me detengo frente a la barrera.
Es una noche clara y la luna se refleja
en los rieles. Apago las luces del auto.
Está bien, pienso, es bueno que nos demos un tiempo.
Pero no comprendo nuestra relación;
no sirvo para eso. ¿Acaso serviría de algo?
Tu padre está enfermo y mi madre está muerta;
pero igual podría ir y tirarme encima tuyo
como todas estas noches. Eso es lo que sé.
Ahora la tierra vibra y un tren oscuro
lleva gente desconocida como nosotros.