Recién desnudé a Gretel con vergüenza y la penetré. Todo el tiempo que duró aquello fue asomarse a un enorme volcán. Mi esperma chorreó en las caderas de Gretel, la boca enferma del sol castigaba el patio masticando con desdén los bordes de las palanganas.
Ahora la miro a través de la ventana echando kerosene a unos papeles: es mi novela. Abre las hojas y pone la foto de su papá que llevaba en la cartera.
—¿Qué mierda hacen? —grita mi vieja desde la ventana de la cocina. El fuego se lleva la carne blanca y movediza, ese hojaldre pelotudo, inservible, llenó de acné, de adolescencia literaria. Los dos sabemos que se trata solo de un acto simbólico. Desde que llegaron las computadoras quemar originales ya no es romántico. Me quedo mirando el fuego, recordando que el Benja, en cada asado, se colgaba mirando las brasas resquebrajarse. Esa bocanada roja furiosa que se elevaba veloz. Las chispas se parecen a miles de almas liberadas del calvario.
Etiquetas: Chozas
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