Mostrando entradas con la etiqueta Grageas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Grageas. Mostrar todas las entradas

Demostrar afecto

   Muchas veces, últimamente y a lo largo de mi vida, me reclaman una falta de consideración, o sensibilidad, o de respuesta ante hechos emotivos, a demostrar mi afecto, etc... jamás pensé en ello, siempre me pareció un tema menor de gente inferior. Si, querido lector, efectivamente faltaba actualizar ese concepto, y muchos otros resabios del niño mimado (mal). Hoy sí pensé. Hoy lo hice y busqué algunas causas.
   Encontré libros. Formas de entender, sentir y pensar que ciertos libros deben haberse desarrollado en mi sistema de conciencia. El primero de estos monstruos que apareció fue aquella maravilla que leí a los diesciséis: El extranjero, una bruma que se desplaza lentamente en forma de libro.
   Después recordé toda la adolescencia fanática en que dejamos crecer una aversión a la cursilería (que comprende al afecto) y que persistió en mi acompañada por un trato familiar acorde. Hablo de mí, para eso tengo un blog, puta.
   No olvido a la vergüenza, que obliga a que nuestra sensibilidad deba ser artística y jamás mundana, ni a los libros de Pessoa, un caso paradigmático de antónimo a su apellido. Un fantasma. Ni hablar de mi fiel amigo de años: Data, de viaje a las estrellas. Mi modelo de humano, decididamente.
   Despertar siendo un escarabajo en la adolescencia tampoco ayudó. En fin, lo del afecto, la sensibilidad, el conectarse con lo que se siente (es decir, prestarle atención), si bien creo que está sobredimensionado en algunos casos y llega a ser sicótico, lo reconozco como una carencia y una deuda hacia los queridos, los que ignoran mi amor hacia ellos. Ustedes.

Fin del comunicado. ;)

explicar la muerte a un hijo

    Explicar la muerte a un hijo, es algo relativamente fácil. Bastará que haya vivido el accidente de alguna mascota, la hospitalización coartada abruptamente de algún abuelo, o bien, recordarle la muerte de aquellos patos bajos la escopeta, el cesar, el dejar de ser, la máquina ya sin electricidad, el cuerpo sin su software. Podremos mostrar el cadáver de un pájaro, comido por gusanos y hojas húmedas del otoño bajo los caracoles. Podremos utilizar dos, tres, cinco, no más de veinte palabras si uno quiere desembarazarse rápido.    
   Ahora, si uno es religioso, sea cual sea nuestra creencia, explicar la muerte a un hijo, es realmente un trabajo tedioso sino imposible, sobretodo cuando comienzan las preguntas. Y además, peligroso, uno puede correr el riesgo de dar con la verdad.

El pasado

   En El Pasado de Alan Pauls hay una metáfora preciosa sobre el presente. Los cuadros de Riltse se descascaran con el paso del tiempo y develan rastros de obras anteriores, que habían sido cubiertas con la nueva pintura. Una antigua mano, un vértice que quizá sea una ventana, detalles varios que van apareciendo con el tiempo. Y es que creo que nosotros pintamos nuestra realidad así, capa sobre capa, algunos con la maestría de Miguel Ángel, y otro con la infantibilidad de su hijo. Pero lo cierto es que las capas se acumulan, y se resquebrajan. Ocurre con los viejos compañeros del colegio que encontramos después de veinte años, con amigos del barrio que quieren invitarnos un trago como si nos moriríamos por eso, viejos banqueros que siempre soñaron con que nos casáramos con su hija, exsuegros que nos piden alguna ayuda, antiguos trabajos que hoy nos causan gracia, exnovias que se presentan en comentarios a una vieja foto de Facebook, etc. 
   Pero ¿qué son esas cosas que se velan en nuestro presente sino fantasmas? La vida se resquebraja, la realidad se descascara, y lo que surge no son más qué ánimas penando en un mundo que ya no es el suyo. A mí me dan miedo, porque ya no existen, son inmateriales y uno podría atravesarlas fácilmente si quisiera, o si les importara. Pero el miedo es más fuerte. Aquello fue algo, viene a mostrarnos lo que fuimos, lo que ya no somos. Vienen a decirnos que nosotros también, como ellos, de alguna manera, pertenecemos al mundo de lo que fue.

R.I.P.

   A los once años tenía poco de mudado a mi habitación, usaba un televisor blanco y negro con botoneras al pie de la cama y cambiaba de canales con un palo de escoba. No existía la TV Cable en el pueblo, solo los canales de aire de Córdoba y uno de Santa Fé si movías la antena. Poco a poco anidé una sospecha, pensaba que al terminar la programación a la una de la mañana, cuando el televisor quedaba en esa especie de guerra de hormigas hiperquinéticas, algo aparecería. Tenía que ser porno, o un programa que revelara secretos que yo desconocía, explicara el sentido de la vida o así. Un programa para quienes se quedaban hasta esas horas de la madrugada.
   Una noche decidí quedarme a ver que pasaba después de los bloopers de Tinelli, y ¡Dios mío! La pantalla parpadeó y apareció. Era un programa de dibujos animados. ¡¿A esa hora?! Puteaban y hacían cosas de grandes, aquello era algo secreto, sin lugar a dudas, algo estaba mal. Pero no, era un capítulo de punta a punta y se llamaban Los Simpson, una familia norteamericana como cualquiera de las nuestras. Los personajes no eran buenos, sino como nosotros, y las cosas que pasaban no eran cosas del cine o los otros dibujitos, sino como las nuestras. De lunes a viernes, cada capítulo, me enseñaba algo. La relatividad de los afectos, el egoísmo sano y natural, los problemas de la sociedad americana, los inútiles esfuerzos del Saber para desterrar al sentido común, la pragmática y los arquetipos tan diversos configurando un paradigma un paso más allá del posmodernismo siempre con un humor tan inteligente (para mí en aquellos tiempos) que no podía creer que existiera.
   Después vino todo lo demás en estás décadas, el éxito, lo masivo, el abuso, todo lo que ya conocen.
  Hubo muchos anuncios y amenazas de cierre en la última década; y, hay que admitirlo, una decadencia evidente, superada por otras tiras como Family Guy, South Park y hasta los argentinos y efímeros Alejo y Valentina. Ahora es probable que de verdad la serie no se produzca más. Apelo a la frase hecha de que Los Simpson cambiaron la televisión para siempre, pero esto no es verdad. Los que cambiamos fuimos otros.



Blog

Me propuse escribir pequeñas entradas diarias en el blog para mantener cierto corpus digital aceptable, también en agradecimiento a los lectores y para compartir alguna gragea con ustedes a diario. Pero de inmediato me surgió el desasosiego; por un lado (ya lo había hecho miles de veces, desde 2002 que tengo el blog, acumulando diferentes experiencias pero ninguna del todo gratificante, sino más bien ansiótica) el pensamiento que me persigue es que si me pongo a escribir acá, dejo de escribir allá. Es decir, en la literatura. Aclaro, escribir en un blog no es como escribir una novela. Y el tiempo de una actividad quita tiempo para la otra. Es así que me siento desahuciado y los temas, además, no vienen. Cuando alguno llega, es demasiado bueno para desperdiciarlo en un blog y lo anoto para un cuento o poema, que de a dos o tres por año -con suerte- subo acá. Los blogs están en decadencia, quedan muy pocos dignos y la mayoría se dedica a difundir actividades (como si Facebook no fuera más efectivo) o a la poesía adolescente. Voy a seguir, de todos modos, por cariño, porque estéticamente es mejor que cualquier red social, y sobretodo por el nada despreciable número de lectores que entra a diario. Gracias.

EXTENSIÓN NO ES PROFUNDIDAD


Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. Sus primeros poemas fueron publicados en El sol y yo. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el pre­mio de la editorial Losada. Sus otras novelas son Los amores de Lauri­ta, (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los Trece y Premio Municipal en novela). También ha escrito varios libros de cuentos, entre ellos “Viajando se conoce gente”. Y cuatro libros de minificciones, entre ellos La sueñera. Obtuvo el Premio Municipal y el Diploma al Mérito en Alemania y los Estados Unidos. Como autora de literatura infantil ha ganado premios nacionales e internacionales (Banco del Libro en Venezuela y el White Raven, en Alemania).

Siguiendo con el cuestionario de mimbre para aquellos con los que comparto Grageas, esta vez el contacto preguntas-respuestas no resultó en una entrevista, ni en un cuestionario, es casi un ping-pong, pero no exactamente. Digamos que el resultado fue una cosa, de mimbre.


¿Qué es un microcuento?
Según los críticos, un texto más o menos narrativo que tenga como máximo 25 líneas.

¿Cuándo un microcuento es bueno, y qué lo hace malo?
Es bueno cuando muerde, es malo si queda muy quietito.

¿Qué grandes autores han incursionado en el género?Tantos! Por ejemplo, entre otros, Kafka, Michaux, Borges, Bioy, Cortázar, Denevi, Arreola, Monterroso.

A simple vista, el género parece encajar por completo en esta nueva forma de difusión que son los blogs. ¿Cómo maneja el mercado editorial a este tipo de literatura?
Es poco comercial. El mercado la maltrata bastante.

¿La tendencia marca que se escriben más que antes, o menos?
Más.

¿Abordamos diferente la lectura de texto según el soporte donde se ha publicado, por ejemplo, leemos igual un blog que un libro?
No. En un libro leemos con más respeto.

A simple vista, pareciera que los microcuentos nunca alcanzaran el nivel de “profundidad” de una novela. ¿Esto es así?
Extensión no es profundidad. La poesía también es breve.

¿Qué opinión te merece la literatura al estilo "Código Da Vinci"; o sea, la ficción con frágiles pretensiones de no-ficción?Apruebo. Es un paso adelante en relación con el analfabetismo.

¿Qué es un buen escritor, y uno malo?
El bueno, muerde. El malo se queda quietito.

¿Qué es un buen lector?El que lee libros que muerden.

¿Qué pensás de los talleres literarios? ¿Y de la edición de los textos?
¿Por qué no? Me hubiera gustado tener un taller cuando empecé.
Edición: un buen editor es un buen lector. Flannery O'Connor se llevaba a su editora preferida cuando cambiaba de editorial.

¿Qué es "volverse loco" con un libro?
Es lo que te pasa después que el libro te mordió.

¿Qué requisitos debe reunir un libro para "volverte loca"?
Morder fuerte.